Habemus Papam

 

Desde hace casi dos mil años la Iglesia Católica elige a su cabeza a través de elecciones

 

 

Todo apunta a que en pocas semanas las miradas del mundo entero estarán pendientes de la Capilla Sixtina del Palacio Apostólico de Roma, esperando que se produzca una “fumata blanca” que signifique que la Iglesia Católica vuelve a tener una cabeza visible tras el periodo de sede vacante que se produce tras la muerte del Papa.

Y es que el Vaticano es uno de los pocos estados del mundo que elige de forma democrática a su máximo representante simbólico, y lo hace reuniendo al Colegio Cardenalicio tras el fallecimiento del Sumo Pontífice.

Pero para entender lo que va a ocurrir en Roma hay que viajar casi dos mil años en el tiempo. Así, y tal y como establece el Evangelio de San Mateo, el primer Papa es Simón, uno de los doce apóstoles, que recibe el nombre de Pedro del propio Jesucristo: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”, cuentan las Sagradas Escrituras que le dice en lo que la Iglesia Católica considera la institución del papado.

Y así fue. Tras la muerte de Jesucristo Simón se traslada a Roma para convertirse en Obispo de la ciudad en tiempos de Nerón, y morir ajusticiado tras el incendio de la capital del Imperio. Tras la muerte de Pedro, y con una iglesia perseguida, el Papa se convierte en una suerte de “primus inter pares” ostentando la categoría de Obispo de Roma, pero teniendo la misma autoridad que el resto de obispos. Además es escogido por aclamación entre la congregación, incluyendo a laicos y seglares.

Todo esto cambiará durante el imperio de Constantino. Cuenta la leyenda, pues los historiadores han determinado que el decreto en que se basa es una falsificación creada en el siglo VIII, que Constantino firmó un decreto imperial que entregaba Roma y todo el Imperio Romano de Occidente al Papa Silvestre I creando así los Estados Pontificios, y trasladando la sede del Imperio a Bizancio, rebautizada como Constantinopla. Este documento fue en realidad creado durante el imperio de Pipino el Breve, padre de Carlomagno, y convertido en Rey de los francos por el Papa Esteban II, que lo  utilizó para justificar la conquista de distintas zonas de Italia para incorporarlas al imperio.

Si bien la “donación” no es cierta, Constantino, que si se convirtió al cristianismo, trasladó a Bizancio la capital del imperio y entregó el Palacio de Letrán, residencia del Sumo Pontífice, al obispo de Roma. Por último Constantino es el creador de la antigua Basílica de San Pedro, ubicada justo sobre la tumba del primer Papa.

Así, y tras la institucionalización del papado, el poder del Sumo Pontífice católico empieza a oscilar entre lo divino y lo humano. El Papa se convierte en uno de los principales poderes de la Europa medieval, con capacidad para nombrar y deponer Reyes. Precisamente esta atención por los asuntos mundanos es la que provoca los grandes escándalos de la historia del papado: el nepotismo, o la figura del cardenal-sobrino que alcanzará su máxima expresión con los Borgia: el “siglo oscuro” en que el papado estuvo controlado por una corrupta familia aristocrática; la “querella de las investiduras” que enfrentó al Papa con el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico sobre quién debía nombrar a los obispos; el Cisma de Occidente, que enfrentó a papas y antipapas; o la venta de indulgencias y de cargos eclesiásticos para financiar campañas militares como las Cruzadas.

 


SALUD INTEGRAL


 

Con la llegada del liberalismo, el papado va perdiendo poder y más cuando Garibaldi decide reconquistar Italia. Así Pio IX pasará el final de su pontificado prisionero en el Vaticano, y tras su muerte, grupos anticlericales intentaron tirar su cuerpo al río Tíber. Ante esta situación su sucesor León XIII llegó a pensarse el traslado de la Sede hasta la ciudad de Salzburgo, si bien el monarca austriaco se negó.

Viendo que el poder terrenal se les escapaba, la Iglesia cambia a finales del siglo XIX su enfoque, para tratar cuestiones de desigualdad y justicia social. Este nuevo enfoque devolverá parte de la influencia a la Iglesia, que conseguirá en 1929 la firma de los Pactos de Letrán con Mussolini, que crean el Estado Ciudad del Vaticano garantizando la soberanía plena e independiente de la Santa Sede. A cambio el Papa se compromete a la neutralidad perpetua en las relaciones internacionales, y establece el catolicismo como religión de Italia.

Sin embargo, tras la firma de este acuerdo las relaciones entre Mussolini y la Santa Sede no fueron tan buenas, pues Pío XII dedicó una carta al Gobierno italiano argumentando que “era imposible ser a la vez fascista y católico”.

Terminada la Segunda Guerra Mundial la Iglesia sobrevive en Occidente mientras sufre persecuciones en Oriente, lo que le obliga a reinventarse de nuevo en los años 60. Así Juan XXIII convoca el Concilio Vaticano II, que modifica buena parte de las prácticas de la liturgia, levanta la excomunión a los ortodoxos, y se abre a la colaboración con otras confesiones.

La caída del muro de Berlín, en la que participa activamente Juan Pablo II, cambia definitivamente el mundo a finales del siglo XX, llevando a la Iglesia a una nueva era con los papás Benedicto XVI, el primero en toda la historia que renuncia al cargo, y Francisco I. 

Como corresponde a una institución basada en lo espiritual, la Iglesia está marcada por los rituales y la elección de un nuevo Papa no escapa de ello. Así y tras la muerte de un Sumo Pontífice el Camarlengo verifica su muerte golpeándole tres veces con un martillo de plata en la frente mientras pronuncia su nombre. A continuación le retira el Anillo del Pescador y lo destruye. El Anillo es la insignia más reconocible de los Papas, y representa a San Pedro pescando en la barca junto al nombre del Pontífice de turno. Utilizado como sello durante la Edad Media, es el principal símbolo del poder del papa y se fabrica especialmente para cada nuevo Sumo Pontífice.

Además del anillo, el Papa lleva la Mitra una especie de bonete con dos tiras de tela o ínfulas que representan el Antiguo y el Nuevo Testamento; el palio, una suerte de faja que cuelga sobre los hombros con dos tiras con cruces bordadas en el pecho y en la espalda, que simboliza la autoridad metropolitana; y el solideo, casquete de seda que llevan el Papa y los Obispos y que solo pueden quitarse ante Dios. El último elemento de la autoridad papal es el báculo pastoral, un callado que en el caso de los obispos termina en forma circular y en el de los Papas en una cruz. 

Tras la destrucción del Anillo del Pescador, se celebra el funeral y entierro del Papa, normalmente entre cuatro y seis días después de la muerte, tras ser expuesto en una capilla ardiente para que los llegados a Roma puedan verle. Tras el funeral se inicia un periodo de luto de nueve días, los “novendiales”, que terminan en el día quince tras la muerte del Papa, con el inicio del cónclave.

La renuncia de Benedicto XVI cambió buena parte del ritual, pues su Anillo no fue destruido, sino solo inutilizado al grabar sobre él una cruz con un martillo y un cincel.

Así, el Colegio Cardenalicio se reúne para elegir al nuevo Papa. La figura del Cónclave nace en el siglo XIII, si bien desde tres siglos antes ya se estaba utilizando. Y es que las “elecciones por aclamación” se convierten en sufragios censitarios en los que sólo los miembros del Colegio Cardenalicio pueden votar. No es casualidad que la implantación de esta fórmula, que deja fuera de la elección a todo el resto de la Iglesia, se produzca en el periodo en que el papado se convierte en un poder político de primer orden en Europa.

Tras la muerte de Clemente IV, la guerra abierta entre los cardenales franceses e italianos hizo que la “sede vacante” se prolongase durante casi tres años, por lo que el Gobernador de Viterbo, lugar donde se estaba celebrando la reunión, optó por una decisión drástica para que tomasen una decisión: encerrar bajo llave “con-clave” a los Cardenales sin comida hasta que se pusiesen de acuerdo.

Pero ni por esas. Tras otro periodo de deliberaciones, y con el pueblo cada vez más enfadado (llegaron hasta a retirarles el techo del Palacio donde se encontraban), los quince cardenales escogieron a seis representantes que debían ponerse de acuerdo, y lo hicieron para escoger a un seglar, el archidiácono de Lieja Teobaldo Visconti, convertido en el papa Gregorio X.

Tras su elección, el nuevo Papa crea el ritual que aún hoy permanece. El Colegio Cardenalicio es encerrado en la Capilla Sixtina bajo llave, y con un tiempo máximo de tres días para tomar una decisión, un tiempo tras el que solo se les suministrará pan, agua y vino.

El ritual establece que cada día del Cónclave pueden realizarse hasta cuatro votaciones, dos por la mañana y dos por la tarde, además de una primera votación en la tarde del primer día utilizada como toma de contacto para situar a los “papables”. Si tras tres días de Cónclave no hay “fumata blanca” el proceso se suspende durante un día, reanudándose de la misma forma en el día quinto para celebrar otras siete votaciones. Si este ciclo de siete votaciones se repite tres veces sin alcanzar un acuerdo, y tras otra jornada de reflexión, el Cónclave establece un nuevo proceso, por el que solo podrá votarse a los dos candidatos con más votos en la última votación celebrada.

Si los Cardenales no se ponen de acuerdo, la chimenea de la Capilla Sixtina emitirá un humo negro, la “fumata negra”, mientras que si han elegido a un nuevo Papa, la fumata será blanca. Este humo se produce al quemar las papeletas de votación, y se consigue a través de un efecto. Así para que la fumata sea blanca las papeletas se queman con lactosa, mientras que para que la fumata sea negra se utiliza azufre.

Este procedimiento es muy moderno y se utiliza después de que a mediados del siglo XX se produjese una elección en la que el humo salió gris. Y es que la razón por la que el humo salía blanco hasta ese momento era porque las papeletas iban lacradas con cera de abeja, que al derretirse por el fuego provocaba el humo blanco. Para que el humo fuera negro se sumaba a la fogata paja, pero en 1958 no se utilizó lacre en las papeletas, por lo que la fumata dio un resultado controvertido.

Para evitar cualquier duda, desde el Cónclave que convirtió en Papa a Benedicto XVI, en el momento en que sale el humo blanco de la chimenea de la Capilla Sixtina, suenan todas las campanas de la Basílica de San Pedro para anunciar la elección del nuevo Papa.

El siguiente Cónclave, que eligió a Francisco, impuso nuevas normas, como el barrido para detectar micrófonos ocultos, o el apagado del WiFi en todo Ciudad del Vaticano para evitar cualquier contacto entre el Colegio Cardenalicio y el exterior.

Tras la elección del nuevo Papa, el Colegio Cardenalicio llama al elegido y le pregunta en latín si acepta la elección, algo que puede rechazar. Y es que nada obliga a que el elegido sea Obispo en el momento de la elección. Precisamente por eso la liturgia establece un procedimiento especial. Si el elegido por el Colegio Cardenalicio es un laico, será ordenado diácono, sacerdote y obispo, antes de asumir la Mitra Papal.

Tras la aceptación le preguntan al nuevo Papa cuál es el nombre con el que quiere pontificar, una costumbre que nace en el siglo VI de forma también curiosa, y es que Juan II adquirió este nombre al considerar que su nombre de pila no era apropiado para un Papa, pues se llamaba Mercurio.

Tras estos actos, y hasta 1958, se producía otro momento curioso. Los miembros del Colegio Cardenalicio, que habían participado en el Cónclave sentados en tronos con un dosel, representando que durante la sede vacante el poder de la Iglesia es colectivo, hacían caer sus doseles en el momento en que es elegido el nuevo Papa, quedando únicamente levantado el del nuevo Sumo Pontífice.

Esta costumbre se eliminó ante el crecimiento del Colegio Cardenalicio pues el tamaño de la Capilla Sixtina hacía, literalmente, imposible la colocación de tantos tronos, además de que impedían la visión de los que se encontraban en las filas posteriores.

Tras aceptar el cargo, el Papa se retira a la “sala de las lágrimas” donde, dice la tradición, llora ante la enorme responsabilidad que tiene por delante. Lo que realmente ocurre es que allí el nuevo Papa se pone las vestiduras pontificias: la sotana, el roquete y una muceta de color blanco, además de una cruz pectoral con cordón dorado, una estola, y el solideo papal blanco, tras haber entregado el púrpura de obispo a su secretario. que se convertirá en Obispo en el próximo consistorio (el Consejo de Ministros de Ciudad del Vaticano).

Cuando ya todo está listo, el Cardenal protodiácono sale al balcón central de la Basílica de San Pedro para anunciar al nuevo Papa, a través de una fórmula que es símbolo del papado que empieza: “Habemus Papam”. Tras ser presentado, el nuevo Papa sale al balcón, mientras suena el himno Pontificio para impartir su primera bendición Urbi et Orbi que marca el inicio de su papado.

 

Samuel Román

eltelescopiodigital.com